Nearshoring: la oportunidad industrial y el desafío de una transición justa

El nearshoring promete una nueva etapa industrial para México. Pero el verdadero desafío será financiar la infraestructura energética que permita que ese crecimiento sea también una transición justa.

 

Por Julio E. Mariscal Peláez, Director en Praxis Point Partners e investigador externo en Centro de Estudios Espinosa Yglesias

El nearshoring se ha convertido en uno de los temas económicos más optimistas en México. La reorganización de las cadenas de suministro, inversiones manufactureras que buscan estar más cerca del mercado estadounidense y parques industriales que se expanden en distintas regiones del país forman parte de una historia que promete empleo y mayor crecimiento.

Pero atraer estas inversiones requiere, entre otras cosas, de energía confiable, redes de transmisión eléctrica, agua, transporte y servicios industriales capaces de sostener una expansión manufacturera de largo plazo. Es claro que la escala de inversión necesaria para responder a esa demanda será considerable durante la próxima década y el sector público por sí solo no podrá cubrir esa demanda.

En ese sentido, el nearshoring no es solo un fenómeno industrial. La nueva ola de inversión manufacturera también está empujando una transformación acelerada en el sistema energético. Las fábricas que hoy buscan relocalizarse en México demandarán no solo más electricidad, sino energía confiable, competitiva y capaz de sostener operaciones industriales cada vez más intensivas en tecnología. En ese contexto, la expansión industrial del país estará cada vez más vinculada a su capacidad para fortalecer su infraestructura energética y ofrecer mayor seguridad energética en un entorno internacional cada vez más volátil.

Las tensiones geopolíticas recientes han recordado la vulnerabilidad que implica depender de combustibles fósiles sujetos a shocks de precios y disrupciones en el suministro. Para muchas empresas globales, asegurar fuentes de energía más estables y diversificadas se ha vuelto una prioridad estratégica. Esto convierte a la expansión energética de México no solo en una cuestión ambiental, sino en un componente central de su competitividad industrial.

Esta transformación energética abre también preguntas inevitables sobre quién pagará sus costos, quién recibirá sus beneficios y qué tan equitativamente se distribuirán en un país donde millones de personas aún viven en informalidad, pobreza energética o en territorios históricamente marginados. Así, financiar esta transformación implica también reconocer un desafío adicional: sus impactos económicos y territoriales.

Las grandes transformaciones industriales rara vez son neutrales. Cambian la geografía de la inversión, reconfiguran mercados laborales y redistribuyen oportunidades económicas entre regiones. Ignorar estos efectos no solo es socialmente problemático, es también financieramente riesgoso. Proyectos energéticos que no consideran sus impactos territoriales o comunitarios pueden enfrentar resistencia social, retrasos regulatorios y pérdida de legitimidad, convirtiendo inversiones viables en papel en proyectos difíciles de ejecutar.

Si el financiamiento de la nueva infraestructura energética se guía únicamente por criterios tradicionales de rentabilidad o bancabilidad, existe el riesgo de que la transición reproduzca desigualdades existentes: regiones altamente integradas a la nueva economía energética mientras otras quedan rezagadas frente a la transformación productiva.

En ese contexto, financiar la transición de manera justa, no es solo una herramienta técnica para movilizar capital. Es también una forma de decidir qué proyectos se priorizan, qué territorios reciben inversión y quiénes participan de los beneficios de la transformación industrial.

Esto exige una evolución en la manera en que se concibe el financiamiento sostenible. La pregunta ya no es si un proyecto es financiable, sino qué infraestructura se construye, qué seguridad energética se fortalece y cómo se distribuyen los beneficios económicos de esa inversión.

El nearshoring puede convertirse en una simple relocalización industrial. O puede ser el punto de partida de una transformación productiva más profunda que fortalezca la infraestructura energética del país y amplíe sus oportunidades de desarrollo.