México en el tablero de una nueva batalla comercial
En medio de una nueva etapa de tensiones comerciales y de la próxima revisión del T-MEC, el exsecretario de Economía Ildefonso Guajardo reflexiona sobre el futuro de la integración de América del Norte y el papel estratégico de México.
Por Javier Cendejas
Con una trayectoria de más de tres décadas en el servicio público, la diplomacia económica y la política comercial, Ildefonso Guajardo es una de las voces más experimentadas en materia de comercio internacional en México. Economista por la Universidad Autónoma de Nuevo León y con estudios de posgrado en la Universidad Estatal de Arizona, ha ocupado diversos cargos en el sector público y privado, entre ellos subsecretario de Economía, diputado federal y representante de México en organismos multilaterales. Entre 2012 y 2018 encabezó la Secretaría de Economía, desde donde lideró la compleja renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte que derivó en el actual T-MEC. Su experiencia en negociaciones internacionales y en la construcción de acuerdos comerciales lo ha convertido en una referencia obligada para entender los retos y oportunidades que enfrenta México en el comercio global.
En entrevista con Latitudex, Ildefonso Guajardo comparte su visión sobre la próxima revisión del T-MEC, el papel de México en medio de las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, y los desafíos internos que podrían frenar el potencial del país para consolidarse como uno de los principales centros de manufactura e integración productiva del mundo.
Encabezaste la Secretaría de Economía en uno de los momentos más complejos del comercio internacional. ¿Qué aprendizajes dejó la renegociación del TLCAN que dio origen al T-MEC?
Sin duda fue un momento inesperado. Nadie anticipaba que un candidato tan atípico como Donald Trump pudiera ganar la primaria republicana y posteriormente la elección presidencial en Estados Unidos. Incluso el día de la elección los pronósticos le daban pocas probabilidades de triunfo. Cuando finalmente ganó, introdujo un factor profundamente disruptivo en la manera en que veníamos concibiendo la integración económica de América del Norte.
Hasta entonces México había avanzado con una estrategia de continuidad. Habíamos consolidado una red de tratados comerciales con más de 50 países y el enfoque con la administración de Barack Obama estaba centrado en mejorar la competitividad regional: fortalecer la logística, armonizar normas industriales y hacer más eficiente la integración productiva que ya existía entre las economías de la región.
La llegada de Trump cambió ese paradigma. Su visión sobre la globalización y el comercio internacional era completamente distinta y eso nos obligó a replantear la estrategia. Nuestro principal reto fue preservar el concepto fundamental de integración que se había construido desde finales del siglo pasado.
Fue necesario entender la lógica de la nueva administración estadounidense, identificar aliados dentro de su propio sistema político y utilizar el tiempo como una herramienta estratégica para llevar la negociación hacia un punto viable. Al final logramos relanzar el acuerdo como T-MEC. Hubo cambios importantes, pero muchos de ellos terminaron fortaleciendo la integración regional, por ejemplo en reglas de origen, lo que incentivó nuevas inversiones en sectores como autopartes, equipo médico y manufactura avanzada.
Hoy se habla de una nueva revisión del tratado. Hay tres temas centrales en la discusión: reglas de origen, cadenas de suministro y la relación con Asia, particularmente con China. ¿Cómo ves este escenario?
Tengo la sensación de que existe una alineación bastante clara entre los sectores productivos de los tres países. En Estados Unidos, por ejemplo, durante el proceso de consultas públicas una enorme mayoría de los participantes expresó su respaldo al T-MEC y a la importancia de mantener la integración regional.
Incluso organizaciones empresariales estadounidenses han sido muy claras al señalar que la prioridad debería ser enfrentar prácticas desleales de otros competidores globales y no generar tensiones con los socios de América del Norte.
Sin embargo, la visión política en Washington no siempre coincide con esa lógica económica. Donald Trump ha insistido en interpretar el comercio desde una perspectiva en la que un déficit comercial significa una pérdida para su país. En realidad, en una economía integrada los déficits y superávits forman parte natural de la dinámica comercial.
Los temas que mencionas —reglas de origen, cadenas de suministro y la relación con Asia— serán centrales en la revisión. Pero también existe el riesgo de que se intente introducir nuevamente presiones arancelarias. Eso sería muy problemático porque implicaría alterar un acuerdo que ya fue aprobado por los congresos de los tres países.
México parece estar en medio de la rivalidad económica entre Estados Unidos y China. ¿Cómo debería posicionarse el país en este escenario?
México se ha convertido en una plataforma de integración de valor. El superávit que tenemos con Estados Unidos se refleja también en el déficit que tenemos con China, porque muchas cadenas productivas utilizan insumos asiáticos que posteriormente se integran en procesos de manufactura en América del Norte.
Estoy de acuerdo en que debe existir una política firme frente a prácticas desleales de comercio. Sin embargo, también debemos reconocer que existen insumos críticos que todavía no se producen en la región. Si aplicamos aranceles indiscriminados a esos componentes lo único que logramos es encarecer nuestra propia producción.
Lo que deberíamos impulsar es una estrategia regional de sustitución inteligente de importaciones. Si hoy no producimos ciertos insumos —por ejemplo en sectores como baterías o electrónica— permitamos su importación, pero al mismo tiempo invirtamos en investigación y desarrollo para que eventualmente puedan producirse dentro de América del Norte.
Uno de los temas que vuelve a discutirse es elevar las reglas de origen en el sector automotriz. ¿Qué implicaciones tendría?
Las reglas de origen siempre requieren un equilibrio muy delicado. Si se vuelven demasiado estrictas, pueden terminar afectando la competitividad de la región.
Durante la renegociación del T-MEC fuimos muy cuidadosos con ese punto. Si elevas demasiado los requisitos de contenido regional, aumentas los costos de producción y eso puede limitar la capacidad de exportar hacia otros mercados.
Por ejemplo, si el contenido regional en el sector automotriz pasara de 75% a 85%, combinado con restricciones a insumos provenientes de Asia, podríamos enfrentar un escenario en el que producir en América del Norte se vuelva más costoso frente a otras regiones del mundo.
México tiene una amplia red de tratados comerciales, pero más del 80% de sus exportaciones siguen concentradas en Estados Unidos. ¿Por qué no se ha logrado diversificar más?
En parte porque algunas decisiones políticas frenaron oportunidades importantes. Un ejemplo claro fue la modernización del acuerdo comercial con Europa. Esa negociación estaba prácticamente concluida al final de mi gestión, pero posteriormente el nuevo gobierno decidió reabrir algunos capítulos por razones ideológicas.
En comercio internacional la continuidad es fundamental. Cuando se interrumpen procesos de integración por razones políticas, se pierden oportunidades para las empresas.
El sector empresarial señala que los costos logísticos en México siguen siendo un obstáculo importante.
Ese es un tema crucial. México tiene una ventaja natural enorme: su cercanía con el mercado más grande del mundo. Pero cuando esa ventaja se desperdicia por ineficiencia logística, básicamente estamos tirando dinero a la basura.
Si mover mercancías dentro del país se vuelve más costoso o más lento, competidores ubicados a miles de kilómetros pueden terminar siendo más eficientes para abastecer el mercado norteamericano.
Después de la pandemia se habló mucho del nearshoring como una gran oportunidad para México. Sin embargo, su impacto parece menor al esperado.
La oportunidad sigue siendo enorme, pero no es automática. Existen factores que están frenando su potencial.
Por un lado, la incertidumbre sobre el futuro de la integración comercial en América del Norte. Por otro, problemas internos relacionados con energía, infraestructura y certeza jurídica.
Si un inversionista no tiene claridad sobre el suministro energético, sobre la seguridad de sus inversiones o sobre la eficiencia logística, simplemente buscará otros destinos.
¿Qué mensaje darías a las nuevas generaciones que hoy trabajan en comercio exterior y logística?
Es un sector que ha crecido muchísimo en México y que ha desarrollado un capital humano muy valioso. Las nuevas generaciones han construido capacidades técnicas muy importantes y eso es algo que debemos seguir fortaleciendo.
Pero también es fundamental mantener principios éticos muy claros. La competitividad de un país no se construye solamente con infraestructura o tratados comerciales; también depende de la integridad de sus instituciones y de quienes participan en la actividad económica.
