Infraestructura logística: el espejo desigual entre México y EE.UU.

Pocas cosas definen con mayor claridad la competitividad de una nación como su capacidad para mover mercancías.

 

Por Reynaldo Gómez, Presidente y CEO en Servicios de Transportación Jaguar

El transporte de carga no es solo una actividad económica: es la arteria por donde circula el desarrollo, la seguridad y la integración con el mundo. Y si nos asomamos al espejo de América del Norte, el contraste entre México y Estados Unidos en materia logística es tan evidente como revelador.

A lo largo de décadas, Estados Unidos ha consolidado una red logística que no solo responde a las necesidades de su economía, sino que anticipa los cambios globales. Desde el auge del comercio electrónico hasta las tensiones geopolíticas que alteran las cadenas de suministro, su infraestructura ha demostrado una capacidad de adaptación que pocas naciones pueden igualar.

México, en cambio, carga con una historia de oportunidades desaprovechadas. Si bien es un nodo clave del T-MEC, aún enfrenta obstáculos estructurales: carreteras fragmentadas, inseguridad, brechas tecnológicas y una intermodalidad incipiente. El país tiene una ubicación estratégica envidiable, pero carece de una estrategia logística nacional a largo plazo.

El primer gran reto es la desigualdad en la infraestructura carretera. Con cerca de 400 mil kilómetros, México solo tiene un pequeño porcentaje en condiciones óptimas. El norte cuenta con autopistas de buena calidad, pero el sur sufre de abandono y escasa conectividad logística.

A esto se suma el problema crónico de la inseguridad. Las rutas que conectan centros industriales con puertos y aduanas están plagadas de riesgos. Puebla, Veracruz y el Edomex concentran altos niveles de robo al transporte de carga. Esto obliga a las empresas a elevar sus costos con seguros especializados, escoltas y monitoreo.

El tercer obstáculo es económico: los peajes y el combustible. Las autopistas concesionadas son algunas de las más caras del continente y el precio del diésel castiga a los pequeños transportistas.

Otro factor crítico es la falta de paradores seguros. En Estados Unidos, los operadores cuentan con áreas de descanso bien equipadas. En México, estas infraestructuras son escasas o están abandonadas. Esto impacta en la seguridad del conductor y en el cumplimiento de normativas laborales.

La modernización de la flota vehicular también está rezagada. Una parte significativa de los camiones tiene más de 15 años de antigüedad. Esto no solo compromete la eficiencia, sino que incrementa las emisiones contaminantes y reduce la competitividad del país frente a sus socios del norte.

En materia tecnológica, la brecha es evidente. Mientras que en EE. UU. las flotas están equipadas con sensores IoT, big data y trazabilidad en tiempo real, en México la mayoría de los pequeños transportistas aún dependen de métodos manuales. Esta disparidad frena la integración a cadenas logísticas más avanzadas.

Por último, el potencial intermodal está subutilizado. Aunque México tiene acceso a puertos en el Pacífico y el Golfo, su infraestructura ferroviaria no ha sido modernizada lo suficiente para fomentar el transporte combinado carretera-ferrocarril-marítimo. Esto limita gravemente las oportunidades de eficiencia logística.

Frente a estos desafíos, se requiere un pacto nacional por la logística, donde confluyan el sector público, la iniciativa privada y la academia. Necesitamos un plan a 20 años que contemple inversión en infraestructura, profesionalización de operadores, transición energética y, sobre todo, seguridad.

Estados Unidos no es un modelo perfecto, pero ofrece lecciones claras. Su capacidad para anticipar los cambios tecnológicos, su enfoque intermodal y su visión federal del transporte son cualidades que México podría adaptar. No se trata de copiar, sino de aprender y ejecutar con disciplina.

El futuro de América del Norte como bloque económico dependerá de su capacidad logística. Si México no cierra sus brechas, arriesga su papel dentro del T-MEC y limita su crecimiento industrial. Si, en cambio, enfrenta sus retos con inteligencia y ambición,puede transformarse en una potencia logística del siglo XXI.

Porque mientras el mundo acelera hacia cadenas de suministro más sostenibles, automatizadas y resilientes, América del Norte tiene la oportunidad de consolidarse como un bloque logístico global. Pero para eso, se necesita más que tratados: se necesita cerrar brechas.

Y quizás, mirar al espejo no para imitarnos, sino para entender dónde debemos transformarnos.