Escasez de operadores: ¿Quién moverá a México?

México se mueve sobre ruedas. Literalmente. Más del 80% de la carga terrestre del país se transporta por carretera, según datos de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT).

 

Por Reynaldo Gómez, Presidente y CEO en Servicios de Transportación Jaguar

Y estos camiones no se manejan solos. Detrás de cada embarque, de cada entrega a tiempo, hay un operador al volante. Sin embargo, hoy enfrentamos una amenaza silenciosa que compromete la eficiencia de nuestras cadenas de suministro y la competitividad nacional: la escasez crónica de operadores del autotransporte de carga.

Se estima que en México hay un déficit superior a los 56 mil operadores profesionales, de acuerdo con cifras recientes de la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga (CANACAR). Esta cifra no es una simple estadística: representa miles de viajes que no se realizan, contratos que se incumplen, productos que no llegan a su destino y, sobre todo, millones de pesos en pérdidas para las empresas. Para los empresarios, este fenómeno no es una preocupación futura; es una realidad actual que afecta ya a las operaciones, especialmente en sectores sensibles como el alimentario, el farmacéutico, el automotriz y el E-commerce.

 

¿Qué está provocando esta escasez?

Primero, hay una evidente falta de relevo generacional. Según datos de CANACAR, la edad promedio de los operadores en México supera los 45 años y menos del 10% son menores de 30. Las largas jornadas, el aislamiento familiar y la inseguridad en carretera han provocado un rechazo creciente entre los jóvenes.

Segundo, el fenómeno migratorio. Muchos operadores altamente capacitados han optado por cruzar la frontera y emplearse en Estados Unidos, donde pueden ganar hasta cuatro veces más por las mismas horas al volante. De acuerdo con reportes del American Trucking Associations (ATA), la creciente demanda de conductores en EE. UU. ha abierto oportunidades para operadores mexicanos, quienes son valorados por su experiencia y disposición a cubrir rutas largas.

Tercero, la falta de profesionalización del sector. Aunque existen escuelas y programas de certificación, solo un 16% de los operadores cuentan con formación formal certificada, según la Encuesta Nacional del Autotransporte de Carga (INEGI). Muchos transportistas ingresan al oficio sin formación adecuada.

Finalmente, el riesgo creciente en carreteras. Según datos de la Asociación Nacional de Transporte Privado (ANTP) y del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), los robos al autotransporte en el 2024 aumentaron un 9.15% en comparación con el 2023, con especial incidencia en zonas clave como el Estado de México, Puebla, San Luis Potosí y Jalisco.

 

¿Qué podemos hacer como empresarios?

Es fundamental revalorizar el oficio. No se trata únicamente de ofrecer mejores sueldos, sino de dignificar la labor del operador con programas de bienestar, seguros médicos, bonos por desempeño, capacitación continua y esquemas de reconocimiento, además de invertir en formación creando alianzas con centros educativos, invertir en academias de operadores propias o apoyar programas de becas para jóvenes pueden ser apuestas rentables a mediano plazo.

También es indispensable adoptar tecnología. El uso de telemetría, GPS, plataformas de trazabilidad y software de rutas puede no solo mejorar la eficiencia operativa, sino también reducir el estrés laboral de los operadores, ayudando a su permanencia.

Finalmente, es urgente exigir políticas públicas eficaces. La escasez de operadores es también un tema que debe asumir el gobierno. Se requieren incentivos fiscales para empresas que capaciten operadores, normas claras para la profesionalización del sector y una estrategia nacional de seguridad en carreteras.

 

¿Y si no hacemos nada?

La respuesta es sencilla: nadie moverá a México. Nuestra economía depende del transporte terrestre. Si no solucionamos esta escasez, pagaremos el precio en forma de entregas incumplidas, costos logísticos disparados, pérdida de contratos internacionales y, lo más grave, una pérdida progresiva de competitividad frente a otras economías que sí estén apostando por la eficiencia logística.