China, T-MEC y la nueva geoeconomía de Norteamérica

La revisión del T-MEC en 2026 se acerca, y un actor domina las conversaciones en Washington, Ottawa y Ciudad de México: China. La discusión sobre cómo administrar la creciente presencia de productos chinos en Norteamérica ya no es una preocupación futura; es el tema central que define estrategias, prioridades y decisiones de política comercial en los tres países.

 

Por Javier Cendejas, Presidente en COMCE Noreste

México y Canadá mantienen conversaciones activas con Estados Unidos para avanzar en la reducción de aranceles bilaterales, pero también para definir mecanismos que limiten prácticas desleales de comercio provenientes de Asia. Sectores como acero, textil, calzado, electrónicos y productos eléctricos —todos esenciales para la industria mexicana— han enfrentado históricamente medidas antidumping y antisubsidios vinculadas a China. Con este antecedente, es natural que el Gobierno mexicano evalúe ajustes arancelarios; sin embargo, tales decisiones requieren un análisis profundo. Cada arancel genera beneficios para algunas industrias, pero también costos para otras, especialmente para aquellas que dependen de insumos o maquinaria originaria de Asia.

Actualmente, la Secretaría de Economía y el Congreso estudian estos impactos de manera integral para evitar efectos colaterales que comprometan la competitividad nacional.

Para entender el contexto global, los datos son reveladores. En 2023, el comercio total entre Estados Unidos y China alcanzó 575 mil millones de dólares, su nivel más bajo en una década. Las importaciones estadounidenses desde China cayeron más de 20%, reflejando la reconfiguración de las cadenas productivas. Paralelamente, México se consolidó como el socio comercial número uno de Estados Unidos, con un comercio bilateral superior a 798 mil millones de dólares, impulsado por manufactura avanzada, agroindustria, maquinaria eléctrica y equipo médico. Mientras tanto, el comercio México–China supera los 120 mil millones de dólares, pero con una balanza altamente desigual: importamos más de diez veces lo que exportamos, principalmente insumos industriales, electrónicos y maquinaria.

En este escenario, la tendencia más relevante es la aceleración del nearshoring. La relocalización de operaciones hacia México dejó de ser una simple estrategia de costos: se ha convertido en la nueva arquitectura de la manufactura norteamericana. La estabilidad geográfica, jurídica y logística que ofrece México, junto con sus acuerdos comerciales, lo posicionan como el mayor ganador de este reacomodo global.

A la par del nearshoring, México tiene una oportunidad histórica de incrementar sus exportaciones hacia Asia, una región que genera más del 50% del crecimiento económico mundial. Las oportunidades incluyen agroindustria premium (carne de cerdo, aguacate, berries, tequila y mezcal), manufactura avanzada (autopartes, maquinaria eléctrica, dispositivos médicos), energías limpias (componentes solares, ingeniería especializada), así como productos de diseño, moda y economía creativa. El consumidor asiático valora calidad, trazabilidad y origen; México puede posicionarse como proveedor confiable de valor agregado, no solo de materias primas.

La discusión sobre China será inevitable durante la revisión del T-MEC. Pero la respuesta no debe limitarse a un debate arancelario. México necesita una estrategia integral que fortalezca su planta productiva, impulse la innovación, refuerce su integración con Norteamérica y, simultáneamente, diversifique su presencia en Asia. Este equilibrio será clave para consolidar a México como el centro manufacturero y logístico más competitivo del hemisferio.

La ventana de oportunidad está abierta. Dependerá de visión, coordinación público-privada y decisiones responsables que privilegien la competitividad de largo plazo sobre respuestas inmediatas. México está llamado a jugar un papel decisivo en la nueva geoeconomía global.