México en el T-MEC: ni víctima ni espectador

La reconfiguración comercial global no es una amenaza pasajera; es una oportunidad estructural para México si actúa con inteligencia, velocidad y visión de Estado.

 

Por Samuel Campos, Executive Managing Director en Newmark Latin America

El mundo no se está reorganizando: ya se reorganizó. Lo que vivimos hoy no es una crisis coyuntural provocada por aranceles o por la retórica de una administración en Washington. Es la culminación de un proceso acelerado por la pandemia, profundizado por la guerra en Ucrania y radicalizado por una nueva doctrina comercial estadounidense que utiliza el comercio como instrumento de presión geopolítica. En este tablero, México no puede darse el lujo de ser espectador.

La posición de México es, objetivamente, privilegiada, pero también frágil si no se gestiona con rigor. Somos el primer socio comercial de Estados Unidos, con exportaciones que superan los 600 mil millones de dólares anuales y una participación del 16.3% en las importaciones totales de ese país. Nuestra industria automotriz opera al 91% de capacidad. El mercado inmobiliario de espacios industriales nacional creció 249% en absorción entre 2015 y 2024. Y mientras China enfrenta aranceles efectivos superiores al 55%, México mantiene tasas preferenciales bajo el T-MEC que promedian alrededor del 4% en el contexto general.

Esto no es nearshoring. Esa palabra ya cumplió su ciclo. Lo que estamos presenciando es un fenómeno diferente, que podríamos llamar forcedshoring: la reubicación forzada y sistemática de cadenas de suministro hacia zonas de certeza geopolítica. Y México es, en este mapa, uno de los pocos países que reúne condiciones únicas: frontera con el mayor mercado del mundo, marco legal trilateral vigente, mano de obra calificada, infraestructura industrial consolidada -aunque con retos claros y puntuales- y un tejido manufacturero que abarca desde la electrónica y el automotriz hasta la agroindustria y los dispositivos médicos.

Sin embargo, sería irresponsable ignorar las tensiones reales inherentes a México: El déficit fiscal, la desaceleración industrial de 2025, la complejidad burocrática y la incertidumbre en el entorno de seguridad son factores que erosionan la confianza inversionista. El T-MEC enfrenta su renegociación más difícil. Y la política comercial estadounidense, independientemente de quien esté en la Casa Blanca, seguirá usando el acceso al mercado como palanca de negociación en materia migratoria, de seguridad, de política industrial y de unidad de visiones de gobierno.

¿Qué debe hacer México? Tres cosas con claridad y sin ambigüedad.

Primero, posicionarse activamente como nodo manufacturero de alto valor agregado, no solo como plataforma de exportación de mano de obra barata. La política de sustitución de importaciones y el Plan México apuntan en la dirección correcta, pero requieren ejecución, no solo declaración. Los incentivos estatales existen: Guanajuato, Nuevo León, Jalisco y Coahuila han demostrado que los paquetes de apoyos bien estructurados pueden reconfigurar las economías locales y generar un proceso acelerado de crecimiento en la entidad en cuestión. Falta escalar esa capacidad al resto del territorio, incluyendo el sureste.

Segundo, diversificar sin abandonar la relación con Estados Unidos. La firma del Tratado con la Unión Europea, ya ratificado por el Parlamento Europeo, es un activo estratégico que México ha subutilizado. La experiencia portuguesa, con exportaciones que alcanzan los 84 mil millones de dólares a escala global, demuestra que es posible insertarse con valor agregado en mercados maduros sin sacrificar la competitividad regional. México puede ser para América del Norte lo que Portugal es para la eurozona: un puente manufacturero de alta confiabilidad.

Tercero, entender que la renegociación del T-MEC y sus revisiones anuales no son una amenaza existencial, sino una oportunidad de reescribir las reglas con mayor beneficio mutuo. Los mecanismos laborales, la industria automotriz, los estándares ambientales, la reciprocidad en el trato y la certeza de las inversiones serán los ejes del debate. El empresariado mexicano debe llegar a esa mesa con datos, propuestas y legitimidad técnica, no solo con narrativa política.

Ciertamente generar conocimiento local y transferencia de tecnología son temas prioritarios. Ahora, las bases para lograrlo, que son la sustitución de importaciones a través del desarrollo de proveedores locales y la atracción de inversión extranjera directa merecen toda una nota aparte.