Tendencias estructurales en la industria automotriz: efectos sobre México

La industria automotriz es vital para la economía mexicana. Actualmente, está sujeta a cambios fundamentales de política internacional y de carácter tecnológico, requiriendo nuevas políticas tanto públicas como a nivel de empresa.

Por Andreas M. Hartman, Profesor Asociado del Depto. de Negocios Internacionales del Tecnológico de Monterrey

Con una producción anual de casi 4 millones de unidades, la industria automotriz aporta aproximadamente el 20% al PIB manufacturero de México y un porcentaje comparable a sus exportaciones. Más de medio millón de empleos dependen de ella. Es un escaparate de la globalización, ya que todas las grandes empresas de vehículos pasajeros son estadounidenses, europeas o asiáticas. Entre sus proveedores de primer nivel, alrededor del 30% son mexicanos, con una participación mayor de empresas nacionales en los niveles inferiores y por ello menos sofisticados de las cadenas de valor.

Este impresionante tejido de producción está sometido a presiones que amenazan con romperlas: se anunció la clausura de una de las plantas de Nissan, empresa que por años había sido líder nacional en vehículos compactos. Tesla canceló su inversión prevista para Nuevo León. Al mismo tiempo, las empresas chinas ya tienen conquistado el 23% del mercado nacional.

El impresionante incremento de la producción de vehículos chinos se da principalmente en los eléctricos. Muchas empresas chinas reciben subvenciones y créditos subvencionados por las autoridades, lo que ha llevado a excesos de capacidad que buscan desahogar mediante exportaciones. Su estructura de costos se beneficia además de la amplia disponibilidad local de insumos. BYD, empresa líder de autos eléctricos, basa su éxito en una cadena altamente integrada, que va desde las baterías hasta los cargueros especializados para vehículos terminados. Esos sistemas de producción dejan muy poco espacio para la participación de proveedores de otras naciones.

Frente al auge chino observamos las políticas cada vez más proteccionistas de Estados Unidos, con la que ya se empezó a alinear el gobierno mexicano introduciendo aranceles específicos.  Adicionalmente, existe la amenaza de que el gobierno estadounidense presione aún más a las empresas para que fabriquen sus vehículos en el propio país, en detrimento de México y Canadá. Hay algunos aranceles que violan el T-MEC, y no está excluido que la próxima revisión del tratado traiga aún más desventajas para los productores en nuestro territorio. En general, reina un nivel de incertidumbre que actúa como un freno sobre las inversiones. El gobierno mexicano parece haber tomado la decisión de sacrificar la apertura comercial hacia Asia para asegurar su participación en el bloque comercial de América del Norte; con los matices por definir conforme evolucione el conflicto entre las dos mayores potencias mundiales.

Más allá de las coyunturas políticas, la industria automotriz está sujeta a dos clases de transformaciones tecnológicas: tracción eléctrica y conducción autónoma; ambos incrementan el valor relativo de los componentes electrónicos y del software. Desafortunadamente, las cadenas de producción nacionales siguen enfocados a los vehículos con motores de combustión. 

Por otro lado, los vehículos autónomos están por llegar a unos niveles de seguridad y de precios que los hará atractivos para los operadores de transporte individual urbano, al menos. Las empresas mexicanas apenas participan en esos dos desarrollos, por lo que se está generando una dependencia tecnológica más profunda y el desplazamiento hacia el extranjero de los elementos más valiosos de la cadena de valor.

Queda claro que un esfuerzo sexenal como es el Plan Nacional de Desarrollo 2025-2030 corre el riesgo de quedarse obsoleto ante esta coyuntura de disrupciones. Específicamente, se ve difícil que el contenido nacional suba del 15% al 25%.  Además de apoyos económicos como lo piden las diferentes asociaciones de la industria automotriz, hace falta un fomento específico a la vinculación entre los sectores metalmecánico y electrónico; además de un esquema que permita que los productores nacionales estén más involucrados con los centros de innovación en los países líderes de la industria. 

Esta vinculación se vuelve apremiante dada la reducción de los ciclos de desarrollo desde la concepción hacia el lanzamiento al mercado. México tiene el talento y otros recursos para participar en esos procesos, habrá que crear una estructura que garantice la prosperidad de esa industria clave. Es una tarea que incumbe tanto al gobierno como a las empresas involucradas.