Neocolonialismo de datos: la hegemonía digital

Es necesario construir infraestructuras tecnológicas que prioricen el bien común y devuelvan el control a los usuarios sobre sus datos personales.

Por Gael Eduardo Martínez Jácome, Estudiante de Comercio y Estrategia Internacional en la UPAEP

El neocolonialismo de datos describe cómo las grandes corporaciones tecnológicas del Norte Global explotan los datos personales de usuarios en todo el mundo, convirtiéndolos en un recurso económico y cultural. 

Este modelo se basa en la creación de ecosistemas cerrados, donde plataformas como Google y Facebook controlan los servicios esenciales a través de datos y algoritmos. Esta práctica perpetúa desigualdades históricas, especialmente en países en desarrollo, al monopolizar los recursos digitales y promover un extractivismo que explota los datos sin redistribuir beneficios a las comunidades que los generan.

En la era de la globalización, el colonialismo ha adoptado una nueva forma: el colonialismo de datos. Este concepto, explorado a profundidad en el libro “The Costs Of Connection” por los investigadores Nick Couldry y Ulises Mejias, describe cómo las grandes corporaciones tecnológicas, principalmente del Norte Global, extraen datos personales de usuarios en todo el mundo, convirtiéndolos en recursos para perpetuar su poder económico y cultural. En lugar de recursos naturales o fuerza laboral, las empresas ahora explotan la vida humana mediante su conversión en datos, reforzando dinámicas históricas de dominación y desigualdad.

Estas prácticas se enmarcan en lo que Yanis Varoufakis, ex ministro de finanzas griego, denomina “tecno-feudalismo”, un sistema que trasciende al capitalismo tradicional. En este nuevo modelo, las plataformas digitales como Google, Amazon y Facebook no compiten en mercados abiertos, sino que crean ecosistemas cerrados donde controlan los datos, algoritmos y redes que estructuran nuestra vida cotidiana. Según Varoufakis, este esquema convierte a los usuarios en “vasallos digitales” que dependen de estas plataformas para acceder a servicios esenciales, desde la comunicación hasta el comercio.

El impacto de estas dinámicas es profundo y alarmante, especialmente en países en desarrollo, donde la dependencia tecnológica amplifica la vulnerabilidad económica y cultural frente a las potencias hegemónicas. Como argumenta el economista francés Cedric Durand, este modelo no sólo monopoliza recursos digitales, sino que promueve un “extractivismo digital”, explotando datos generados por las interacciones humanas, sin redistribuir beneficios a quienes los producen. Este sistema perpetúa desigualdades, socavando la soberanía digital de naciones y comunidades enteras.

La pandemia de COVID-19 evidenció nuestra dependencia de las tecnologías digitales y cómo estas han sido diseñadas para extraer valor de cada interacción. Sin embargo, esta dependencia también abre oportunidades para cuestionar las estructuras actuales. La alfabetización digital y la resistencia colectiva son claves para descolonizar el ámbito digital. Como sugieren Couldry y Mejias, es necesario construir infraestructuras tecnológicas que prioricen el bien común y devuelvan el control a los usuarios sobre sus datos personales.

El camino hacia una economía de datos justa requiere tanto soluciones técnicas como transformaciones culturales. Esto incluye crear plataformas cooperativas y desarrollar políticas públicas que regulen la vigilancia masiva y la explotación de datos. Además, es fundamental fomentar una alfabetización tecnológica que sensibilice a las personas sobre el impacto del colonialismo digital en sus vidas y les empodere para exigir transparencia y equidad.

En última instancia, enfrentar el neocolonialismo de datos es un desafío que requiere tanto resistencia colectiva como una visión transformadora sobre el futuro digital. La construcción de una economía de datos justa y equitativa demanda un esfuerzo global, pero también local, donde las comunidades y los individuos recuperen el control sobre su vida digital. ¿Cómo podemos diseñar plataformas que prioricen el bien común? ¿Qué papel jugarán las nuevas generaciones en redefinir la ética digital?

Estas preguntas abren la puerta a reflexiones necesarias para el siglo XXI. Mientras tanto, el mundo observa cómo las tensiones entre hegemonía y emancipación en el ámbito digital continúan configurando nuestro presente. La historia del “tecno-feudalismo” aún no ha sido escrita por completo. ¿Seremos meros espectadores o actores de su desenlace?